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De dónde viene esto

La primera página de texto del libro, antes de los diez principios y del Manifiesto, se titula igual que este correo.

Es la más personal de las 278 y, precisamente porque es corta y está al principio, muchos pasarán por ella demasiado deprisa.

Empieza así:

«Durante mucho tiempo creí que el problema era la falta de información. Si leía más, escuchaba más podcasts, seguía a más investigadores, en algún momento todo encajaría. Lo que en realidad ocurrió fue lo contrario: cuanta más información acumulaba, más difícil resultaba distinguir lo que importa de lo que solo parece importante.»

Si llevas tiempo leyéndome, esa frase quizá te suene a tu propia historia. También es la mía, y viene de mucho antes que KaizenTrail.


Treinta años y ocho libretas

Llevo más de treinta años entrenando y compitiendo, más de doscientas carreras y cientos de deportistas entrenados. Durante casi todo ese tiempo hice lo mismo: leer, probar, apuntar y volver a leer.

Hace cinco años decidí ordenarlo.

Ocho libretas de papel llenas y más de mil notas sobre rendimiento: el archivo que te enseñé de pasada hace unas semanas cuando te hablé de mi segundo cerebro.

Los dos últimos años fueron los más útiles de toda mi trayectoria.

Por fin dejé de acumular y empecé a filtrar.

Y sí, ahí entró la inteligencia artificial.

Como lupa.

Me permitió cruzar muchas notas a la vez y encontrar relaciones que a mano se me escapaban. Pero decidir cuáles tenían sentido, cuáles no, qué entraba en el libro y qué se quedaba fuera seguía siendo mi trabajo.

Escribir un libro es decidir qué dices.

Y eso no se delega.

Al filtrar apareció algo más sencillo de lo que esperaba.

Seiler, San Millán, Magness y muchos otros usaban lenguajes diferentes, pero muchas de las ideas que más se repetían apuntaban en la misma dirección.

Los principios son pocos y no caducan.

Lo que hacía falta era aprender a ordenarlos.


Por qué lo he escrito

En esa misma página cuento por qué me he metido en esto. Hay una razón práctica que te guardo para el martes; las otras dos te las cuento hoy.

La primera es que quiero ahorrarte los errores que yo cometí. Algunos me costaron salud. Más de una regla del libro que te parecerá prudente en exceso la aprendí por la vía cara.

La otra no queda tan bonita, y la escribí tal cual:

«La tercera es la menos glamurosa: también lo hago para alimentar mi ego. Treinta años de trabajo merecen dejar una huella. Lo reconozco sin culpa excesiva. Pero el ego no fue lo que me hizo terminar el libro. Lo que me hizo terminarlo es haber visto demasiadas veces cómo corredores con talento real se rompían porque nadie les había dado el criterio para tomar sus propias decisiones.»

Lo dejé tal cual porque un libro que te pide honestidad con tus datos no puede empezar escondiendo los motivos de su autor.


A los cincuenta y ocho

Tengo cincuenta y ocho años.

Escribo con la edad que tengo, y eso se nota en el horizonte del libro:

«Este libro no está pensado para fabricar corredores más rápidos que se rompen en dos años. Está pensado para construir atletas que siguen en la montaña a los setenta con más cabeza que nunca.»

Hay otra página, justo después del Manifiesto, donde cuento algo que me pasa a menudo y que resume mejor que nada de dónde viene todo esto:

«He perdido la cuenta de las veces que un corredor de treinta y tantos o cuarenta años, después de verme en una carrera o en un entrenamiento, me ha dicho: “yo de mayor quiero estar como tú”. Siempre que lo escucho pienso lo mismo: esto es exactamente de lo que va todo. No el resultado de un año, ni de una buena temporada. El resultado de haber entendido desde hace tiempo que el horizonte es largo y de haber entrenado en consecuencia. El árbol que da buena sombra tardó años en crecer.»

A ese corredor nunca le he sabido contestar en dos frases, en mitad de un avituallamiento.

La respuesta larga son estas 278 páginas.


El martes 27 sale El Corredor Inteligente. El eBook ya se puede reservar y la tapa blanda estará disponible en la misma ficha de Amazon.

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El Maestro: La víspera de una carrera larga no se entrena. Se prepara la mochila, se cena pronto y se confía en lo hecho. Con este libro estoy igual. Lo que había que hacer ya está hecho, y lo que pase a partir del martes depende de quién lo lea y de lo que haga con él. Treinta años para escribirlo y dos días para soltarlo. Me parece un reparto justo.